En Speculum reunimos textos e imágenes de la tradición occidental
desde una perspectiva abiertamente cristiana
con el propósito de contribuir a su mejor conocimiento,
en la convicción de que el saber es el mejor camino hacia la fe.





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(traducción inédita)

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(reflexión)

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(aforismos inéditos)

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(poemas inéditos)

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(avance editorial)

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(análisis iconográfico)

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Juan Ramón Jiménez: 
ese animal de los fondos luminosos
(poema)

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(avance editorial)

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(retrospectiva literaria)

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(opinión)

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(semblanza)

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Una iniciativa de Cypress Cultura

Barnés: "El proyecto ilustrado de una humanidad sin Dios está agotado"


Antonio Barnés (Sevilla, 1967) es profesor de literatura en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus múltiples publicaciones se encuentran los libros Elogio del libro de papel (Rialp, 2014) y Los amores del Quijote (Teconté, 2016). Es el promotor del proyecto académico "Dios en la literatura contemporánea", así como del congreso "Autores en busca de autor" sobre el mismo tema, del cual ya se han celebrado tres ediciones. Conversamos con él acerca de lo humano, lo divino y lo literario.


- ¿Cómo surgió la idea de organizar un congreso sobre Dios y la literatura?

Primero surgió el proyecto y después los congresos. Nacieron del deseo de recuperar grandes temas en la investigación en las humanidades, de superar el positivismo, de ofrecer sentido, y tuve la fortuna de encontrar a personas con ilusión de trabajar en esta empresa. La ventaja de un gran tema como Dios es que es muy agradecido, pues permite estudiar cualquier obra de cualquier autor.

- Tras celebrarse tres ediciones del mismo, ¿cuál es tu primer balance personal de la iniciativa?

El balance es de sorpresa y alegría al comprobar el gran interés que suscita. Sin especiales esfuerzos de difusión han acudido investigadores de diez países diferentes que han presentado un centenar de trabajos sobre 84 autores de doce áreas lingüísticas distintas. El éxito es del tema, no de nuestra gestión. También influye el que los estudios humanísticos suelen ser muy sectoriales, y un tema como este atrae a investigadores que quieren expresar sus hallazgos acerca de esta cuestión y tal vez no encuentren otros foros donde hacerlo. Por lo demás, quienes más hemos aprendido somos los promotores del proyecto.

- ¿Detectas un interés creciente acerca del tema de Dios entre los estudiosos de la literatura, o no deja de ser un tema minoritario dentro del contexto de la filología?

No sé si es creciente. Pero me llamó la atención que en el Festival de Literatura de Copenhague nos presentó un profesor diciendo que las profecías sobre la muerte de Dios no se habían cumplido, que el secularismo no había logrado erradicar a Dios ni a la religión, y que nuestro proyecto era una prueba de todo ello. Estamos en un agotamiento de ciclo. El proyecto ilustrado de una humanidad sin Dios está agotado. Por eso creo que son importantes proyectos como este, pues la inercia es grande y no pocos siguen dándole a la manivela de un análisis materialista que, parafraseando a Hobbes, es un lobo para el hombre.

-¿Qué función o funciones desempeña la figura de Dios en los escritores? ¿Hay algún hilo común entre ellas?

Comprobamos que la literatura es una isla de libertad en un mundo muy encorsetado de prejuicios. Vemos que Dios está en la literatura como en la misma vida, es decir, de modos infinitos. Unos le buscan, otros le encuentran. Unos le aman, otros le niegan. Unos dudan, muchos siguen extrayendo de la Biblia luz y fuerza para vivir. Pero cada uno tiene su itinerario personal y su modo de expresarlo. La riqueza de perspectivas es ilimitada. En un plano más profundo, podemos recordar palabras del pensador alemán Gadamer que sostiene que nuestra época, frente a lo que suele pensarse, es muy religiosa, y que, entre otras cosas, la búsqueda de perfección en el estilo refleja un anhelo de Dios.

-¿Cuál es el espacio que le reservas en tu propia literatura y en tu vida a Dios?

De mis padres aprendí que Dios formaba parte de la familia, que no era un ser extraño o lejano. Por tanto, Dios está presente en mi vida y en mi trabajo de modo natural. Compruebo que Dios está en todas partes, y que casi todo se convierte en prueba de la existencia de Dios. Especialmente, la belleza.

-Si Dios hubiese muerto, ¿qué le dirías para resucitarlo? Y si no es así, ¿qué le dirías a los ateos para que revisasen sus prejuicios acerca de este tema?

Dios no puede morir porque es el mismo Ser subsistente. Lo de “la muerte de Dios” es indicativo de cierta intelectualidad contemporánea: que se cree lo que piensa, que cree que lo que piensa es real o determina lo real, que se siente investido de don profético, que estima mayor la parte que el todo y si su “secta” postula la muerte de Dios, eso ha sucedido realmente y es un dogma, aunque haya cientos de millones de personas para quienes Dios es un ser operativo… En fin, estos intelectuales suponen que su tiempo es el definitivo, sin advertir que la historia no está escrita, que dentro de un siglo puede haber una inusitada efervescencia religiosa, que el hombre es libre y de padres ateos puede nacer un hijo religioso, etcétera. ¿Quién imaginaba en el siglo VIII de la era cristiana que pocos siglos después iban a surgir el románico, el gótico, las universidades, La Divina Comedia, el renacimiento o la Capilla Sixtina? Todo pensamiento que se revista de “fin de la historia”, “verdad definitiva” o “culmen sin vuelta atrás” es fatuo.

Por otra parte, a mi parecer, el ateo es un intelectual de salón. Ningún pueblo o persona singular han sido “naturalmente” ateos. El hombre es religioso, con sed de trascendencia. El lenguaje humano es inevitablemente metafórico y simbólico, porque pertenece a un ser metafísico. Que si no cree en un Dios revelado, creerá en un Dios natural, o en un dios fabricado: llámese Estado, Nación, Cultura o Mercado. Como demostró Viktor Frankl, el hombre es un ser en busca de sentido, y el poder y el placer no pueden satisfacerle plenamente. La pregunta por el sentido siempre estará ahí. Y para esa pregunta las ciencias exactas y experimentales no poseen respuesta, ni tampoco las filosofías que imponen corsés mentales y expulsan a Dios de sus sistemas cerrados y narcisistas. Dios se muestra al alma de los niños y no a la mente de los racionalistas suspicaces.




En Speculum reunimos textos e imágenes de la tradición occidental
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en la convicción de que el saber es el mejor camino hacia la fe.



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(traducción inédita)

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(reflexión)

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(aforismos inéditos)

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(poemas inéditos)

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(avance editorial)

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(análisis iconográfico)

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Juan Ramón Jiménez: 
ese animal de los fondos luminosos
(poema)

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(avance editorial)

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(retrospectiva literaria)

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(opinión)

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(semblanza)

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Schlegel: bajo la forma de lo infinito



Escribe Juan Carlos Martínez Yebra que, en las Ideas (1800), Friedrich Slegel "ensalza la labor de la poesía y de la filosofía como instrumentos de formación humana para lograr el progreso en el arte y la ciencia, teniendo como ideal la fusión de ambas. Para lograr esta fusión, la filosofía debe volverse poética y la poesía ha de hacerse filosófica. Pero tal tarea no puede ser culminada sin el concurso de la religión, entendida como la búsqueda de lo divino en el hombre y en la naturaleza. Sin esta idea de lo divino, que es para Schlegel la idea de todas las ideas, no puede alcanzarse ni la cima del arte ni la profundidad de la ciencia". Reproducimos una selección de esta obra fundamental en el estudio de la relación entre poesía y religión en la Modernidad. Puede leerse el texto completo aquí.


Un hombre de religión es quien vive sólo en lo invisible y para quien todo lo visible tiene sólo la verdad de una alegoría.

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Sólo por relación con lo infinito surgen contenido y utilidad; lo que no se relaciona con ello es absolutamente vacío e inútil.

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La vida eterna y el mundo invisible sólo se pueden buscar en Dios. En Él viven todos los espíritus, Él es un abismo de individualidad, la única plenitud infinita.

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Dejad libre la religión y dará comienzo una nueva humanidad.

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El entendimiento –dice el autor de los Discursos sobre la religión– sólo sabe del Universo; cuando la fantasía reina tenéis un dios. Totalmente correcto: la fantasía es el órgano del hombre para la divinidad.

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El verdadero hombre de religión siente siempre algo más elevado que la compasión.

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Las ideas son pensamientos infinitos, autónomos, siempre dinámicos en sí mismos, divinos.

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Solamente puede ser un artista aquel que tiene una religión propia, una visión original de lo infinito.

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Todo concepto de Dios es palabrería vana. Pero la idea de la divinidad es la idea de todas las ideas.

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El hombre de religión meramente como tal se halla solo en el mundo invisible. ¿Cómo puede aparecer entre los hombres? No querrá ninguna otra cosa sobre la tierra que dar a lo finito la forma de lo eterno y, así, tenga su tarea los nombres que tenga, debe ser y seguir siendo un artista.

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Si las ideas se convierten en dioses, la conciencia de la armonía se convierte entonces en devoción, humildad y esperanza.

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La religión debe envolver por todas partes, como su elemento, el espíritu del hombre moral, y este luminoso caos de pensamientos y sentimientos divinos es lo que llamamos entusiasmo.

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Es propio de la humanidad que tenga que elevarse por encima de la humanidad.

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La simetría y la organización de la historia nos enseñan que la humanidad, desde que comenzó a existir, comenzó siendo ya realmente una persona, un individuo. En esta inmensa persona de la humanidad Dios se ha hecho hombre.

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La vida y la fuerza de la poesía consiste en que salga de sí misma, arranque un pedazo de la religión y, apropiándoselo, retorne entonces a sí misma. Exactamente lo mismo ocurre también con la filosofía.

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Quien tiene religión, hablará como poeta. Pero para buscarla y descubrirla el instrumento es la filosofía.

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Una relación determinada con la divinidad debe resultar al místico tan insoportable como una visión determinada o concepto de la misma.

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A Dios no lo vemos, pero vemos por todas partes lo divino; no obstante, lo vemos sobre todo y de la manera más propia en el centro de un hombre lleno de sentido, en la profundidad de una obra humana viva. Puedes sentir inmediatamente, pensar inmediatamente la naturaleza, el Universo; pero no la divinidad.

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Sólo el hombre entre los hombres puede cultivar la poesía y pensar de acuerdo con la divinidad, y vivir con religión. Nadie puede ser un mediador directo para sí mismo, ni siquiera para su espíritu, porque el mediador tiene que ser un puro objeto, cuyo centro pone fuera de sí el que lo contempla. Uno elige y se establece para sí el mediador, pero uno sólo puede elegir y establecerse como mediador a quien ya se ha establecido a sí mismo como tal. Un mediador es aquel que percibe en él mismo lo divino y, aniquilándose, renuncia a sí mismo para proclamar, comunicar y presentar lo divino a todos los hombres con sus costumbres y sus actos, con sus palabras y sus obras. Si este impulso no tiene éxito, es que lo percibido no era divino o no era realmente propio. Mediar y ser mediado es toda la vida superior del hombre, y toda artista es un mediador para todos los demás.

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Un artista es quien tiene su centro en sí mismo. Quien carece de él debe elegir un guía o mediador determinado fuera de sí, naturalmente no para siempre, sino sólo al principio. Pues sin un centro vivo el hombre no puede existir; y si todavía no lo tiene en sí, entonces sólo le es lícito buscarlo en un hombre, y sólo un hombre y su centro pueden estimular y despertar el suyo propio.

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Poesía y filosofía son, según se tome, diferentes esferas, diferentes formas, o también los factores de la religión. Pues intentad tan sólo unir ambas realmente, y no obtendréis otra cosa que religión.

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La religión, en sí misma, es ciertamente eterna, idéntica a si misma e inmutable, como la divinidad; pero, por ello mismo, aparece siempre transformada y bajo una nueva forma.

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La plenitud de la cultura la encontrarás en nuestra más elevada poesía; pero la profundidad de la humanidad búscala en los filósofos.

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Se tiene sólo tanta moral como filosofía y poesía se tenga.

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Dad simplemente forma humana a vuestra vida y habréis hecho bastante; pero nunca alcanzaréis la cima del arte y la profundidad de la ciencia sin algo divino.

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La ironía es la conciencia clara de la agilidad eterna, del caos y su infinita plenitud.

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Todo el pensamiento del hombre religioso es etimológico, un referir todos los conceptos a la intuición originaria, a lo más propio.

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Toda relación del hombre con lo infinito es religión; es decir, del hombre en toda la plenitud de su humanidad. Cuando el matemático calcula la magnitud infinita, esto no es, por supuesto, religión. Lo infinito pensado en aquella plenitud es la divinidad.

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Toda vida es, de acuerdo con su primer origen, no natural, sino divina y humana; pues debe brotar del amor, lo mismo que no puede haber entendimiento alguno sin espíritu.

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Imagínate algo finito bajo la forma de lo infinito; entonces piensas en un hombre.

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Tu meta es el arte y la ciencia; tu vida, el amor y la cultura. Te hallas, sin saberlo, en el camino de la religión. Reconócelo y seguro que alcanzarás la meta.





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(traducción inédita)

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(reflexión)

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(aforismos inéditos)

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(poemas inéditos)

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(avance editorial)

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(análisis iconográfico)

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Juan Ramón Jiménez: 
ese animal de los fondos luminosos
(poema)

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(avance editorial)

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(retrospectiva literaria)

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(opinión)

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(semblanza)

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Novalis y la nueva Jerusalén


En un texto significativamente poco conocido, La cristiandad o Europa (traducción de Lorena Díaz González, UNAM, 2009), el poeta alemán Novalis plasmó una dolida reflexión sobre la decadencia del cristianismo en la época que le tocó vivir. Tras constatar los signos funestos que le hacen admitir su estado de prostración, sin embargo, logra transformar su pesimismo en esperanza, conminando a quienes comparten su fe a permanecer fieles al Evangelio.

¿Dónde se encuentra aquella fe amada y devota del reino de Dios sobre la Tierra, sin la cual la salvación es imposible? ¿Dónde se encuentra aquella confianza celestial de los hombres, aquella dulce devoción ante las manifestaciones de un alma arrebatada, aquel espíritu de la cristiandad que puede abrazarlo todo?

El cristianismo posee una sustancia tripartita: la primera es el elemento generador de la religión, la dicha propia de toda religión; la segunda es el vínculo con todo lo inabarcable, la comunión por medio del pan y el vino con la vida eterna; y la última es la fe en Cristo, en su madre y en los santos. De entre ellas elijan alguna, escojan las tres, es indistinto; serán cristianos y miembros de una única, eterna e indeciblemente dichosa comunidad. La última y más perfecta forma del cristianismo evolucionó para resurgir a partir de la antigua fe católica. Su omnipresencia en la vida, su amor al arte, su profunda humanidad, lo inquebrantable de sus votos, su dicha en la indigencia, su amistosa expansión entre los hombres, su obediencia y lealtad, la volvieron la auténtica religión erigida con los rasgos esenciales de su constitución.

Dicho cristianismo se ha purificado con la corriente del tiempo; en entrañable e indivisible unión con las otras dos formas del cristianismo hará eternamente dichosa a esta tierra. La forma casual del cristianismo casi está destruida, el antiguo papado yace en la tumba y por segunda ocasión Roma se ha convertido
en ruinas. ¿No debería resurgir en Europa una comunidad de almas auténticamente santas? ¿Acaso no deberían anhelar plenamente el cielo sobre la tierra y reunirse entusiasmados para entonar sus coros?

La cristiandad debe resurgir, restaurarse, configurarse de nuevo como una Iglesia manifiesta; ignorando las fronteras nacionales habrá de acoger en su regazo a todas las almas sedientas de lo supraterrenal, transformada en digna mediadora entre el mundo antiguo y el nuevo. Debe verter una vez más la antigua cornucopia de la bendición sobre los pueblos.

La cristiandad se alzará del sagrado seno de un venerado concilio europeo y la tarea de la resurrección religiosa será orientada por divinos planes universales. Nadie protestará más por la coacción cristiana y temporal, pues su esencia será la libertad y todas las reformas estarán bajo su dirección, como procesos de un Estado pacífico y ceremonioso.

¿Es demasiado pronto o muy tarde? No debemos preguntarlo. Seamos pacientes; vendrá, tiene que llegar la época sacra de la paz eterna, en que la nueva Jerusalén será la capital del mundo; hasta entonces manténganse serenos y animosos ante los peligros del tiempo; compañeros de mi fe, anuncien el santo Evangelio con palabras y actos; permanezcan fieles a la auténtica e infinita fe, hasta la muerte.




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Juan Ramón Jiménez: ese animal de los fondos luminosos


Según escribe Jacinto Choza, "Juan Ramón Jiménez se sitúa en la línea de la mística española, o, más en concreto, en la de una de sus tradiciones, la del gozo ante el esplendor de las dimensiones sensibles de la  creación, tan típico de la mística islámica en general, y de su concepción de la bienaventuranza en términos de placer sensible, y tan típica del sufismo en particular. No se encuentran en las místicas europeas nada parecido a los poemas báquicos del sufismo, esa trascripción de experiencias místicas en términos de embriaguez, de degustación del aroma y el sabor del vino hasta traspasar hasta experimentar la unión con Dios. Pues bien, esta afirmación de la presencia de Dios en lo sensible es uno de los rasgos más característicos de la poesía y de la experiencia religiosa de Juan Ramón. La comunión de Juan Ramón con Dios tiene, en Animal de fondo, cuatro momentos, niveles o frentes: a) comunión con Dios que está en la naturaleza y es ella, b) comunión con Dios que está en la vida del mundo y de los hombres,  c) comunión con Dios que estaba presente en la biografía y en la historia  personal del poeta, y d) comunión con Dios que habita en el trabajo del poeta y es el decir del poeta". Reproducimos uno de los poemas más célebres de este libro esencial de la lírica española.


SOY ANIMAL DE FONDO

«EN fondo de aire» (dije) «estoy», 
(dije) «soy animal de fondo de aire» (sobre tierra), 
ahora sobre mar; pasado, como el aire, por un sol
que es carbón allá arriba, mi fuera, y me ilumina
con su carbón el ámbito segundo destinado.
Pero tú, dios, también estás en este fondo
y a esta luz ves, venida de otro astro;
tú estás y eres
lo grande y lo pequeño que yo soy,
en una proporción que es ésta mía,
infinita hacia un fondo
que es el pozo sagrado de mí mismo.
Y en este pozo estabas antes tú
con la flor, con la golondrina, el toro
y el agua; con la aurora
en un llegar carmín de vida renovada;
con el poniente, en un huir de oro de gloria.
En este pozo diario estabas tú conmigo,
conmigo niño, joven, mayor, y yo me ahogaba
sin saberte, me ahogaba sin pensar en ti.
Este pozo que era, sólo y nada más ni menos,
que el centro de la tierra y de su vida. 
Y tú eras en el pozo májico el destino
de todos los destinos de la sensualidad hermosa
que sabe que el gozar en plenitud
de conciencia amadora, 
es la virtud mayor que nos trasciende. 
Lo eras para hacerme pensar que tú eras tú, 
para hacerme sentir que yo era tú, 
para hacerme gozar que tú eras yo, 
para hacerme gritar que yo era yo
en el fondo de aire en donde estoy, 
donde soy animal de fondo de aire,
con alas que no vuelan en el aire,
que vuelan en la luz de la conciencia
mayor que todo el sueño
de eternidades e infinitos
que están después, sin más que ahora yo, del aire. 





En Speculum reunimos textos e imágenes de la tradición occidental
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en la convicción de que el saber es el mejor camino hacia la fe.



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(opinión)

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(semblanza)

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Edita: Libros al Albur


Caminar sobre las aguas, de Felix Trull


Felix Trull ha publicado Metas volantes (2015), Líneas de flotación (2018) y La lección de Pulgarcito (2019). Figura en las antologías Aforistas españoles vivos, Aforismos contantes y sonantes, Verdad y media y El cántaro a la fuente. Ha participado en los libros colectivos Las cosas que no son. Los aforistas y Dios (2018), y Juega o muere. Los aforistas y lo lúdico (2019). Aforismos suyos se pueden leer en El Aforista, Microfilias, Uroboro y Estación Poesía. Estos que publicamos son aforismos inéditos.


¿Qué es la fe? La evocaré con una imagen: caminar sobre las aguas. Con los pies en la tierra, te limitas a nacer, crecer, con suerte reproducirte y sin duda morir, morir de una vez y para siempre. En la fe, subsistes para siempre... incluso antes de perder la vida.

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En la fe, tus tobillos crían alas y pierde peso tu grávido cuerpo, que se eleva por encima del tiempo y el espacio materiales, a la búsqueda de la Verdad inmarcesible.

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En la fe se ubican del modo más certero los valores adecuados, que son los que placen al Cielo: no más ansiedad, no más codicia, ni vanidad, ni envidias. Emerges del lodo de la inquietud material y levitas por encima de tus supuestas necesidades perentorias.

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En la fe pierdes la corteza. Ya eres todo miga.

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En la fe te desprendes de las opacas adherencias que te hermanan con el reptil y recobras la esencia radiante que libre te dio a luz.

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En la fe se subvierten las prioridades errantes y se reinstaura la existencia conciliada: todo es cierto en ella, vive en ella, emerge de ella y vuelve a ella.

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La fe envuelve en una gasa vagamente risueña las supuestas contradicciones de la existencia terrenal. En cierto sentido, implanta una distancia irónica respecto a lo que el materialista tiene por sólido e inmutable.

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La fe es cualquier cosa menos dogmática. Eso sí, para quien vive en ella, resulta por completo irrefutable.

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En la fe se libera de nuevo la armonía primordial, los vapores edénicos, los perfumes de la Creación. Para quien vive en la fe, siempre son las 7 de la mañana.

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Es atributo de la fe esa "beatitudo" de la que hablaban los antiguos, una candidez deletérea, un estado muelle, apaciguado, de colmatación desbordante donde no sobra ni falta nada, pues nada se exige.

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En la fe lo cercano desprende un aura de lejanía absoluta, y lo lejano palpita en la palma de la mano como un gorrión que acaba de salir del huevo.

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En la fe uno se siente como en una atalaya; no le da la espalda a la vida, sino que la contempla como lo que es: una posibilidad ilimitada de goces interiores, nobles y buenos, siempre que se disfruten con el corazón puro y la inocencia del primer día.

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Es la fe un estado casi sobrehumano, una superación de todo aquello que tira de nosotros hacia el cieno y el estiércol. Lo curioso es que lo poco que cuesta perseverar en ella: basta con no dejarse arrastrar por unos vientos que, en verdad, no existen.

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La fe es la alegría que experimentarían todas las cosas de este mundo, si pudieran llegar a comprender la suerte que tienen por el mero hecho de pertenecer a él.

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La fe es la gratitud cuando se olvida de lo recibido para centrarse en el hecho de recibir.

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La fe es el amor en estado de plétora; una insania lúcida; una liberación sumisa; una forma de levitar sin moverse del sitio.

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La fe es el Paraíso en la tierra, antes de que supiéramos que eran el Paraíso y la tierra.

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La fe es la esperanza consumada en sí misma. La suprema unción.




En Speculum reunimos textos e imágenes de la tradición occidental
desde una perspectiva abiertamente cristiana
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en la convicción de que el saber es el mejor camino hacia la fe.


(traducción inédita)

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Oscar Wilde:
Cristo entre los poetas
(extracto)

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(reflexión)

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(aforismos inéditos)

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(poemas inéditos)

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(avance editorial)

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(análisis iconográfico)

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(avance editorial)

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(retrospectiva literaria)

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(opinión)

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(semblanza)

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Edita: Libros al Albur


Wilde: Cristo entre los poetas


Reproducimos a continuación las conmovedoras palabras que plasmó Oscar Wilde en su De profundis, donde descendía a los infiernos de su conciencia para extraer agua pura con la que reconciliarse con la vida y con el mundo que le había condenado de manera injusta y canallesca. Se trata de un texto en el cual, tras las anécdotas personales y las diatribas anecdóticas, bulle una poderosa pulsión de redención espiritual que a nadie puede dejar indiferente, crea o no crea en algo o en nada. En el presente extracto, Wilde acomete una arriesgadísima indagación sobre lo que significa para él la figura de Cristo, y a fe que sale airoso del envite. En estos días en los que se estrena una película sobre los últimos meses de su azarosa vida, nos parece una buena ocasión para convocar su estro y dejarnos impregnar por su enorme humanidad. ¡Va por ti, Óscar!


No cabe duda de que Cristo se cuenta entre los poetas. Su concepción de la humanidad provenía directamente de la imaginación, y sólo a través de ésta puede ser comprendida. El hombre fue para él lo que Dios es para los panteístas. Él fue el primero que concibió la unidad de las diversas razas.

Antes que Él ya existían dioses y hombres. Y Él, sintiendo que en Él se habían hecho carne, gustaba de llamarse unas veces el Hijo de Dios y otras el Hijo del hombre. Más que ningún otro en la Historia, despierta en nosotros esa inclinación hacia lo maravilloso a que siempre se halla dispuesto el romanticismo. Es para mí todavía algo increíble eso de que un joven campesino galileo se imagine que pueda llevar sobre sus hombros todo el peso del mundo: el peso de cuanto hasta entonces se había hecho y sufrido, y de cuanto se tendría que hacer y sufrir: los pecados de Nerón, de César Borgia, de Alejandro VI, del que fue emperador de Roma y sacerdote del sol; los sufrimientos de todos aquellos, cuto número es legión, que yacen entre ruinas; de los pueblos oprimidos, de los niños de las fábricas, de los ladrones, de los presidiarios, de los desheredados y de aquellos que se hallan sojuzgados y cuyo silencio sólo Dios puede oír. Y no sólo llega a imaginárselo, sino que efectivamente lo realiza; así es que aún hoy en día todos los que entran en contacto con Él, aunque no se posternen ante sus altares, ni se arrodillen ante sus sacerdotes, tienen en cierto modo la impresión de que se les borra la fealdad de sus pecados y se les revela la belleza de sus sufrimientos.

Ya he dicho que Cristo cuenta entre los poetas, y es verdad. Shelley y Sófocles son hermanos suyos…Pero su misma vida constituye el más maravilloso de los poemas, y nada hay, en todo el ciclo de la tragedia griega, que pueda igualar “el temor y la piedad” de esta vida. La inmaculada pureza del protagonista eleva este edificio a una altura de arte romántico, que, a causa de su mismo horror, les está vedada a los sufrimientos de las familias de Tebas y la de los Atridas. Y esta pureza muestra asimismo cuán erróneo era el axioma expuesto por Aristóteles en su Tratado del drama, y que sentaba que no era posible soportar la vista del castigo de un inocente. Ni en Esquilo ni en Dante, el austero maestro de ternura; ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas; ni en todos los mitos y leyendas célticas, en los cuales la gracia del mundo brilla a través de una niebla de lágrimas y la vida de un hombre no vale más que la de una flor, no haya nada que, a causa de su conmovedora sencillez, unida a la sublimidad del efecto trágico de que nace, no hay nada que pueda igualarse, ni siquiera aproximarse, al último acto de la historia de la Pasión de Cristo. Aquella simple Cena, con sus discípulos, uno de los cuales ya le ha vendido por unos cuantos dineros; aquella angustia del alma en el tranquilo jardín iluminado por la luna y en el cual el falso amigo habrá de acercarse a Él para traicionarle con un beso; aquel amigo que todavía creía en Él, y en el cual Él creía poder fundar, como sobre una peña, un refugio para la humanidad, y que lo niega en cuanto el gallo canta el despuntar del día; aquella su soledad absoluta, aquella sumisión suya con que Él todo lo acepta, y junto a estas esas otras escenas en que el gran sacerdote de la ortodoxia, en su furor, le desgarra sus vestiduras, y el funcionario de la justicia civil manda traer agua con la vana esperanza de poderse limpiar la mancha de sangre inocente que le hace aparecer como la más sangrienta figura de la Historia; la escena –uno de los sucesos más maravillosos de todos los libros de todos los tiempos– en que le es impuesta la corona de espinas; aquella otra de la crucifixión del inocente ante los ojos de su madre y del discípulo a quien amaba; aquella –mientras los soldados se reparten y juegan sus vestiduras– de la horrible muerte por la cual cedió al mundo el más eterno de sus símbolos, y, finalmente, aquella escena de su entierro en la sepultura del rico, la escena en que su cuerpo es embalsamado con especies preciosas y perfumes y envuelto en un sudario egipcio, cual si fuese el hijo de un rey.

Cuando se consideran estas escenas aisladamente y sólo desde el punto de vista artístico, es forzoso agradecer que el más solemne de los oficios de la Iglesia sea, sin efusión de sangre, una representación de la tragedia; la representación mística de la historia de la Pasión del Señor, por medio del diálogo, de los trajes y hasta de los gestos. Para mí es siempre fuente de respetuosa elevación pensar que lo que queda del coro griego, ya perdido para el arte, en otros terrenos, sobrevive en el acólito que ayuda al sacerdote a celebrar la misa.

Y no obstante, la vida de Cristo es en conjunto –a tal punto hállanse fundidos en su significación y en su representación la belleza y el dolor– un verdadero idilio a pesar de acabar por el desgarramiento de las cortinas del templo, por las tinieblas que cubren la faz de la tierra y por el movimiento que levanta la piedra del sepulcro. Uno se representa siempre a Cristo como a un novio entre sus discípulos, cual Él mismo descríbese una vez; como a un pastor recorriendo un valle con sus ovejas en busca de verdes praderas o de frescos regatos; como un cantor que quisiera levantar con su música los muros de la Ciudad de Dios; como un amante para cuyo amor el mundo todo es demasiado pequeño. Sus milagros parécenme encantadores, cual la llegada de la primavera, y no menos naturales. No me es difícil creer en un encanto tal de su persona, que su sola presencia bastase para inundar las almas de paz y para que los que tocaban sus vestiduras se olvidasen de todos sus dolores. O para que, al pasar Él por el camino real de la vida, gentes para quienes hasta entonces había permanecido secreto el misterio de la existencia, abriesen los ojos a la luz, y para que, aquellos que cerraban sus oídos a toda voz que no fuese la del placer, comprendiesen por vez primera la voz del amor y la hallasen “armoniosa cual la lira de Apolo”, o para que, a su llegada, huyesen todas las malas pasiones, y los hombres, cuya vida sórdida y hermética era como una forma de la muerte, se alzaran, como quien dice, de sus tumbas al llamarlos Él; o para que la muchedumbre, a la que predicaba en la falda de la montaña, olvidase su hambre y su sed, y los sufrimientos del mundo, y los amigos a quienes hablaba mientras comían gustasen, como de manjares sabrosos, de los más ordinarios alimentos, y el agua les supiese cual vinos generosos, y por toda la case se esparciese el dulce perfume de los nardos.

En su Vida de Jesús –ese delicioso quinto evengelio, que podría llamarse el Evangelio, según Santo Tomás–, dice Renan que la obra suprema de Cristo, consiste en haber sabido conservar, aun después de muerto, el amor que había poseído en vida. Y verdad es que, si bien su puesto está entre los poetas, también hacia Él se dirige el cortejo de los amantes. Él reconoció que el amor es el secreto primordial del mundo, el secreto buscado por los sabios, y que únicamente por medio del amor es posible llegar haste el corazón del leproso y los pies del Señor.

Mas por encima de estas consideraciones, Cristo aparece como el mayor de los individualistas. La humildad, como aceptación artística de todas las experiencias, no es sino un medio de manifestarse. Lo que Él persiguió siempre fue el alma del hombre. La llama “el reino de Dios” y la descubre en cada uno de nosotros. La compara con una muchedumbre de nimiedades: con un grano de semilla, con un puñado de levadura, con una perla, y es porque sólo puede uno formarse su alma desprendiéndose de todas las pasiones extrañas, de toda la cultura adquirida, de todo lo que se posee externamente, lo mismo de lo bueno que de lo malo.
Con la tenacidad de mi voluntad, y más todavía con el espíritu de contradicción ingénito en mí, revelábame contra todo, hasta que no me quedó nada más, absolutamente nada más en el mundo que Cyril. Había perdido mi nombre, mi posición, mi felicidad, mi libertad, mi fortuna. Era un recluso, y era un pobre, pero me quedaba mi bien más preciado: mis hijos. Y de pronto la ley me los arrebata. Fue tan terrible el golpe, que me quedé como aturdido. Me puse de rodillas, incliné la cabeza, lloré y dije: “El cuerpo de un niño es como el cuerpo del Señor; ya no soy digno de ninguno de ellos”. Y ese momento fue sin duda el que me salvó. En ese momento comprendí que sólo me cumplía aceptarlo todo. Y desde entonces, –por extraño que esto parezca, soy feliz, pues he llegado hasta lo más hondo de la esencia de mi alma. Había mostrado ser su enemigo en muchos respectos y la encontré esperándome como un amigo. Al entrar en contacto con su alma, uno se vuelve sencillo como un niño, y esto es lo que uno ha de ser, según las palabras de Cristo.




En Speculum reunimos textos e imágenes de la tradición occidental
desde una perspectiva abiertamente cristiana
con el propósito de contribuir a su mejor conocimiento,
en la convicción de que el saber es el mejor camino hacia la fe.



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Edita: Libros al Albur