En Speculum reunimos textos e imágenes de la tradición occidental
desde una perspectiva abiertamente cristiana
con el propósito de contribuir a su mejor conocimiento,
en la convicción de que el saber es el mejor camino hacia la fe.



(traducción inédita)

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(reflexión)

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(aforismos inéditos)

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(poemas inéditos)

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(avance editorial)

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(análisis iconográfico)

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(avance editorial)

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(retrospectiva literaria)

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(opinión)

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(semblanza)

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Edita: Libros al Albur

Dios después de Darwin


Presentamos la traducción (inédita) de las primeras páginas del libro God after Darwin. A Theology of Evolution, de John F. Taught, publicado en el año 2000 por Westview Press. En este interesantísimo libro, el autor aborda de manera audaz y vivificadora cuestiones del máximo interés acerca del llamado "diseño inteligente" y de qué modo la teología cristiana puede, y debe, integrar aspectos de la teoría evolutiva darwiniana para alcanzar una mejor comprensión del lugar que el Creador nos ha reservado en el mundo.


Hace ahora un siglo y medio, más o menos, Charles Darwin sorprendió al mundo con su innovadora teoría de la evolución. A día de hoy, la teología aún tiene encontronazos con ella. Incluso en occidente, donde al fin muchos pensadores religiosos han asumido las nociones de la ciencia darwiniana, sólo una mínima parte de ellos han reflexionado en profundidad acerca de ellas. E incluso aquellos que reclaman afrontar la teoría de la evolución a menudo se han cuidado de excluir algunos de sus propuestas más incómodas para ellos. Cuando no han rechazado las ideas darwinianas de manera abierta, se han conformado con afirmar de manera un tanto tópica que "la evolución es el modo en que Dios llevó a cabo la Creación".

Si bien es cierto que a la teología le costó asumir la realidad de la evolución, poco a menos le ocurrió al mundo del pensamiento en general. Como nos recordó Hans Jonas poco antes de su muerte, la filosofía todavía debe alcanzar una comprensión de la realidad (una ontología) adecuada a la evolución. El materialismo, es decir, la creencia de que sólo la materia vital y mental es "real", ha procurado los parámetros filosóficos necesarios para la ciencia evolucionista. A principios del siglo XX, Alfred North Whitehead ya había demostrado que la metafísica materialista reinante en la filosofía occidental topaba frontalmente con la disruptiva novedad de la evolución de la vida, de modo que trató de construir un marco filosófica alternativa a la misma. Sin embargo, sólo una minoría de filósofos y científicos conocen y aprecian el pensamiento de Whitehead, y aún hoy en día para muchos evolucionistas no existe un alternativa convincente al materialismo como marco intelectual para su ciencia.

Aun así, nuestra prioridad en este libro es la teología, y personalmente creo que puedo decir sin temor a equivocarme que el pensamiento religioso contemporáneo aún tiene pendiente acometer una transición completa hacia un mundo post-darwiniano. En un gran número de casos, los teólogos aún piensan y escriben casi como si creyeran que Darwin nunca hubiese existido. Su atención permanece fijada ante todo en el mundo humano y sus preocupaciones primordiales. Los aspectos biológicos o cosmológicos no parecen haber afectado a su comprensión del concepto de Dios y de su relación con el mundo. A pesar de que, en la actualidad, la conciencia de la crisis ecológica ha inducido a muchas personas a prestar atención al mundo natural, la historia de la evolución todavía no resulta del interés de demasiados teólogos académicos ni estudiosos religiosos, sin hablar de la población general de los creyentes.

El escepticismo científico, por supuesto, hace tiempo que decidió que la única opción razonable que nos dejó Darwin fue la de un universo en el que Dios está excluido por completo. Que la teología haya sobrevivido a Darwin para algunos evolucionistas debe resultar un divertido anacronismo. Deberíamos estar de acuerdo, en tal caso, en que el ateísmo sería el correlato lógico de la ciencia evolutiva, de modo que el tiempo de las religiones y las teologías se habría acabado. Sin embargo, por lo que podemos observar, dicho juicio apenas se puede sostener. En las páginas que siguen, aspiro a argumental que Darwin nos brindó un arsenal conceptual cuya profundidad, belleza y pathos -cuando lo analizamos en el contexto de una épica evolutiva de amplio espectro cósmico- nos obliga a enfrentarnos a la cruda realidad de lo sagrado y a un universo rotundamente significativo.


La teoría darwiniana de la selección natural


Darwin proclamó que todas las formas de vida descienden de un ancestro común y que el amplio espectro de las especies vivas puede ser computadas por un proceso que el llamó "selección natural". Los miembros de cualquier especie existente, de manera azarosa, se van diferenciando unos de otros, y de la variedad subsiguiente la naturaleza "elige" sólo aquellos que "encajan", es decir, los mejor "adaptados" a sus circunstancias ambientales para sobrevivir y tener descendencia. Durante períodos de tiempo sumamente largos, la selección de cambios favorables diminutos en cuanto a la adaptabilidad de una especie provocará incontables formas de vida nuevas y diferentes, incluidas en su caso las humanas.

Darwin publicó "El origen de las especies" en 1859, y todavía hoy en día la mayoría de los biólogos ensalzan el libro por su precisión general. En una síntesis conocida con el nombre de "neodarwinismo", se han limitado a añadir a las ideas originales de Darwin los recientes descubrimientos en materia genética. Si bien persisten importantes diferencias internas entre los biólogos evolutivos, en la actualidad existe un consenso acerca del genio de Darwin así como de la pertinencia esencial de sus ideas acerca de un ancestral común y del mecanismo de la selección natural. Las opiniones discrepan acerca del papel que juegan en la evolución factores como el azar, la adaptación, la selección, los genes, los organismos individuales, los grupos, la lucha, la cooperación, la competencia, etc. Sea como fuere, ningún científico pone en duda que la vida sobre la Tierra se ha desenvuelto de acuerdo con las líneas (algo toscas, quizás) que trazó Darwin de manera brillante.

Dado el papel que le confiere a los elementos de azar o selección ciega en el despliegue de la vida, el dibujo darwiniano consigue que la idea tradicional de un Dios compasivo y todopoderoso resulte superflua e incluso incoherente. Incluso aquellos teólogos que se resisten a considerar las tesis evolutivas a duras penas pueden negar que subsisten serias dificultades acerca de cómo abordan las religiones lo que solemos llamar con el nombre de "Dios". Tras sopesar el relato del tortuoso viaje de la vida sobre el planeta, cualquier tesis acerca de un "plan divino" al respecto suena increíble. De modo que la invitación teológica a explicar la vida de acuerdo con un "diseño inteligente" resulta especialmente sospechosa.

Como es natural no todo el mundo está de acuerdo. En su controvertido libro, La caja negra de Darwin, el bioquímico Michael Behe, por ejemplo, ofrece una nueva e interesante perspectiva acerca de la vieja teoría de que la vida es el resultado de un "diseño inteligente". Argumenta el autor que el concepto darwiniano de evolución 'gradual' desde la simplicidad hasta la complejidad no puede explicar los intrincados patrones que sigue la vida, ni siquiera a un nivel celular. Para muchos darwinianos, incluso la más simple célula viva es una "caja negra" cuyas funciones generales pueden ser conocidas pero cuyas funcionalidades internas escapan a nuestra comprensión. Sin embargo, de acuerdo con Behe la bioquímica está logrando proyectar su luz sobre la caja negra de Darwin, revelando un microcosmos de "irreductible complejidad" para la cual la teoría de Darwin nunca ofreció una explicación adecuada.

El propio Darwin confesó que si se pudiera mostrar con claridad que la variedad de la vida procede de otro modo que mediante modificaciones diminutas de cambios fortuitos, entonces su teoría quedaría refutada. Al subrayar la salvedad de Darwin, Behe trata de mostrar que la constitución celular  de los seres vivos no podría haberse producido de manera progresiva, paso a paso, como un darwiniano estricto debería defender. La complejidad de los componentes internos de una célula impediría su funcionamiento adecuado, a menos que todos estuvieran activos de manera simultánea, trabajando de manera estrictamente coordinada. Por lo tanto, la aparición gradual, que permitiría que las piezas de la vida se ajustasen de manera aislada y por separado, realmente no puede explicar ni siquiera la vida celular, y menos aún el mundo de la vida a una escala mayor. Echando mano de una analogía sencilla, Behe plantea que una trampa para ratones no funcionaría a menos que todas las piezas que la componen estuvieran presentes al mismo tiempo; una menos, y la rata escapa. Igualmente, los mecanismos celulares no pueden cumplir sus funciones vitales a menos que todos sus componentes, en su asombrosa complejidad y diversidad, hayan sido ensamblados a la vez y actúen al unísono.

Behe califica de "irreductiblemente complejos" a los mecanismos celulares en el sentido de que no se pueden descomponer en piezas o fases que habrían sido ensambladas gradualmente a lo largo del tiempo. Cuesta imaginar cómo una enzima o un mecanismo de coagulación sanguínea, por ejemplo, podrían funcionar si no estuvieran operativos todos sus múltiples componentes desde el primer momento. Ahora bien, si el mecanismo celular no es producto de una acumulación gradual de pequeños cambios, entonces -concluye Behe- la explicación darwiniana de la vida es ostensiblemente errónea. La única alternativa es la de un "diseño inteligente".

Para muchos anti-darwinianos, las ideas de Behe son consoladoras. Sin embargo, para los darwinianos, sean cuales fueran los méritos del análisis bioquímico de la complejidad celular, la apelación implícita a la teología en las páginas de un libro de ciencia suponía una forma de cobarde abdicación. El desdén con el que algunos científicos recibieron las, por lo demás, cándidas propuestas, constituye en sí mismo un interesante motivo de reflexión. Pero lo que sorprende al teólogo tras leer el libro de Behe es que si la teoría darwiniana de algo requiere para completar su descripción de la vida es, justamente, del concepto de "diseño inteligente". Dicha noción sobrevuela con discreción por encima de los aspectos azarosos de la evolución, los cuales forman parte del proceso natural de la vida. Se ignora que los tonos más oscuros de la historia darwiniana que imprime un molde trágico a la evolución y, consiguientemente, constriñe la credibilidad de cualquier teología.

Irónicamente, ni los defensores del "diseño inteligente" ni sus oponentes materialistas abordan realmente la 'vida' en toda su complejidad, pues a lo que ambos bandos aspiran es a una claridad intelectual al precio de marginar la "novedad" intrínseca a los procesos vitales. Desde el momento en que, por definición, la irrupción de una novedad genuina supone una perturbación del diseño vigente, ocasionando episodios de desorden, resulta tentador, tanto desde una perspectiva intelectual como religiosa, negar su propia existencia. Los intérpretes materialistas han atemperado sistemáticamente nuestro sentido intuitivo de la perpetua novedad de la vida mediante la idea de que la evolución se limita a reordenar unidades físicas (átomos, moléculas, células o genes) previamente presentes. De manera correcta, observaron que la aparición y propagación de la vida se ve constreñida por la invariabilidad de las leyes físicas, y que dichas leyes no pueden ser violadas en modo alguno por la propia vida. Sin embargo, de esta perogrullada dedujeron la conclusión, sumamente peregrina, que desde el momento que la evolución de la vida no puede vulnerar en modo alguno las aparentemente eternas leyes de la química y la física, en última instancia no puede irrumpir en la existencia nada realmente nuevo.

La fijación teológica por el "diseño inteligente", sin embargo, no se muestra menos propensa a ignorar la novedad esencial de la vida, y prescinde del hecho de que la vida requiere la disolución de un "diseño" rígido, precisamente con vistas a poder perdurar a toda costa. Instintivamente cualquiera puede entender esta idea; ahora bien, una teología basada de un modo demasiado radical en la noción del diseño suele hacer abstracción de esta verdad tan fundamental, e ignora la "disolución" que inevitablemente acompaña la aparición y la extensión de la vida.  Lo que es peor, asociando la idea de Dios únicamente con el hecho del orden, en perjuicio de la novedad, una teología basada en el diseño equivale a atribuirle el desorden natural al diablo. Eximiendo a la realidad última de cualquier complicidad con el caos, este tipo de teología aparta a Dios del propio flujo de la vida.

Una teología obsesionada con el orden está en desventaja para aceptar el concepto mismo de evolución, y aún más para asumir los aspectos más profundos y turbadores de la propia experiencia religiosa, lo cual le resta capacidad para entablar un contacto significativo con el desorden de la evolución. Lo que hace que la evolución parezca incompatible con la idea de Dios no es tanto la idea darwiniana de la lucha natural por la vida, sino el propio fracaso de la teología a la hora de reflejar en profundidad el pathos divino. Lo que consigue Darwin -y esto forma parte de su "regalo a la teología"- es retar al pensamiento religioso a recobrar los aspectos trágicos de la creatividad divina que había descuidado, de manera demasiado negligente, tras el disfraz del orden y el diseño.

A pesar de que ambos permanecen como fieros antagonistas, tanto los científicos materialistas como los teóricos del "diseño inteligente" comparten una misma compulsión por suprimir la apertura respecto al vibrante sentido de la vida respecto a la "nueva" creación. Casi por definición, el materialismo científico margina todo aquello que la sabiduría popular entiende por "vida". Ahora bien, la fijación de gran parte del pensamiento religioso por el concepto de diseño inteligente igualmente rechaza la novedad y la inestabilidad sin las cuales la vida se reduce a la muerte. En contraste, el panorama que pinta Darwin de la naturaleza sí resulta apto para trasmitir la sensación de vida real con toda la novedad, perturbación y dramatismo que ello implica. Su ciencia, cuando se ve sofocada por el rígido marchamo de una metafísica materialista, puede infundir una considerable profundidad y riqueza a nuestro sentido de intenso misterio en el cual nuestras religiones tratan de iniciarnos.

Como es lógico, muchos buenos científicos no lo ven de este modo. Durante un siglo y medio, los escépticos han descubierto en la evolución la confirmación definitiva de un tenso fatalismo que ha sobrevalorado sobre la ciencia moderna desde el principio. Para unos pocos extrovertidos, Darwin condenó a la inopialos milenios de ignorancia religiosa de nuestra especie. Para poder hablar de una "teología evolucionista", como hace este libro, podría parecer el más risible de los proyectos. Para algunos pensadores científicos, el proceso evolutivo es, en palabras de David Hull, "plagado de casualidades, contingencias, despilfarros, muertes, dolor y horror". Así pues, cualquier dios que supervisara esta escabechina debería ser alguien "despreocupado, indiferente, casi diabólico". No existe, en opinión de Hull, "ninguna clase de divinidad a la cual uno pudiera sentirse inclinado a rezar".

Mientras sigamos pensando en Dios sólo en términos de un concepto estrictamente humano de "orden" o "diseño", el ateísmo de muchos evolucionistas se nos podría antojar bastante pertinente. De hecho, el evolucionismo perturba cierto sentido del orden, de manera que si Dios únicamente significa "fuente de orden", incluso el más elemental examen de un vestigio fósil debería hacer sospechosa esta idea. Ahora bien, ¿y si Dios no fuese simplemente el creador del orden, sino también el de la perturbadora "novedad"? Más aún, ¿y si el cosmos no fuese simplemente un "orden" (que es lo que significa la palabra "cosmos" en griego) sino un "proceso" aún inconcluso? Supongamos que, al observar con mayor atención el universo, llegamos a la incontrovertible evidencia de que "todavía" está siendo creado. Y supongamos, además, que ese "Dios" estuviese menos interesado en imponer un plan o diseño a dicho proceso que en proporcionarle nuevas opciones para incidir en su propia creación. Si aplicásemos estos ajustes conceptuales, tanto la ciencia contemporánea como una teología consistente deberían asumir, como hacemos nosotros, la idea de que Dios no sólo resulta compatible con la evolución, sino que anticipa de manera lógica el tipo de mundo vital que la biología neodarwiniana quiere plantearnos.




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Silencio en la catedral















ATARDECER EN LA CATEDRAL

Por las calles desiertas, nadie. El viento
y la luz sobre las tapias
que enciende los aleros al sol último.
Tras una puerta se queja el agua oculta.
Ven a la catedral, alma de soledad temblando.

Cuando el labrador deja en esta hora
abierta ya la tierra con los surcos,
nace de la obra hecha gozo y calma.
Cerca de Dios se halla el pensamiento.

Algunos chopos secos, llama ardida
levantan por el campo, como el humo
alegre en los tejados de las casas.
Vuelve un rebaño junto al arroyo oscuro
donde duerme la tarde entre la hierba.
El frío está naciendo y es el cielo más hondo.

Como un sueño de piedra, de música callada,
desde la flecha erguida de la torre
hasta la lonja de anchas losas grises,
la catedral extática aparece,
toda reposo: vidrio, madera, bronce,
fervor puro a la sombra de los siglos.

Una vigilia dicen esos ángeles
y su espada desnuda sobre el pórtico,
florido con sonrisas por los santos viejos,
como huerto de otoño que brotara
musgos entre las rocas esculpidas.

Aquí encuentran la paz los hombres vivos,
paz de los odios, paz de los amores,
olvido dulce y largo, donde el cuerpo
fatigado se baña en las tinieblas.

Entra en la catedral, ve por las naves altas
de esbelta bóveda, gratas a los pasos
errantes sobre el mármol, entre columnas,
hacia el altar, ascua serena,
gloria propicia al alma solitaria.

Como el niño descansa, porque cree
en la fuerza prudente de su padre;
con el vivir callado de las cosas
sobre el haz inmutable de la tierra,
transcurren estas horas en el templo.

No hay lucha ni temor, no hay pena ni deseo.
Todo queda aceptado hasta la muerte
y olvidado tras de la muerte, contemplando,
libres del cuerpo, y adorando,
necesidad del alma exenta de deleite.

Apagándose van aquellos vidrios
del alto ventanal, y apenas si con oro
triste se irisan débilmente. Muere el día,
pero la paz perdura postrada entre la sombra.

El suelo besan quedos unos pasos
lejanos. Alguna forma, a solas,
reza caída ante una vasta reja
donde palpita el ala de una llama amarilla.

Llanto escondido moja el alma,
sintiendo la presencia de un poder misterioso
que el consuelo creara para el hombre,
sombra divina hablando en el silencio.

Aromas, brotes vivos surgen,
afirmando la vida, tal savia de la tierra
que irrumpe en milagrosas formas verdes,
secreto entre los muros de este templo,
el soplo animador de nuestro mundo
pasa y orea la noche de los hombres.



Hermoso poema de Cernuda que nos recuerda que las catedrales, antes que museos, son espacios de oración, de reencuentro con uno mismo y con Dios; con Dios a través de uno mismo, pues como dice Agustín, Dios es más íntimo a nosotros que nosotros mismos. La introspección no se topa con la tempestad de las pulsiones, sino con el Tú divino. “El alma tiembla de soledad”. La soledad es la peor pobreza humana. Y las catedrales se construyeron para exorcizarla. “El cuerpo fatigado se baña en las tinieblas”. No son los fluidos corporales los que lubrican nuestros cuerpos y nuestras almas, sino las tinieblas catedralicias que realzan la luz. “Llanto escondido moja el alma”. Porque el alma necesita de la lluvia de la contrición y del encuentro. La “sombra divina hablando en el silencio”, pues nada más elocuente que ese silencio que permite escuchar la voz de Dios.

Antonio Barnés







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Felix Trull: la opípara mesa del creyente


La mesa del creyente está siempre bien provista de todo lo que precisa para una buena vida: néctar y ambrosía.

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Tomad y comed y bebed: fe y más fe, que no otra cosa necesitáis para sentiros saciados como los santos.

*

Pan del Cielo, vino de Su sangre; la verdad de Sus labios y la luz de Sus ojos. ¿Y aún echas algo en falta, des-gracia-do?

*

Frente a los pecados banales de la queja y la exigencia perpetua, las virtudes preclaras del contento y la conformidad.

*

Pide mucho, y morirás de hambre. No esperes nada, y te saciarás.

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"Estómago" y "agradecido" son dos palabras que no pueden aparecer unidas en ningún caso: es la gratitud un don demasiado excelso como para que pueda ser ejercida en una materia tan perruna como la gástrica.

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Más allá del bien y del mal sólo están Dios... y los enajenados, es decir: el Supremo Juez y los que no pueden ser juzgados.

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Ahormarse a la pauta celestial para trascender la errancia terrestre: no hay otro camino (y menos aún, el que se hace al andar).

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Cuando la veneras por sí misma, la materia te degrada, pero si lo haces como medio para acceder a una comunicación trascendente... la y te redimes.

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El que no cree en Ti, se arrastra aunque no lo sepa... pero el que no cree en nada, se hunde y pena. Por eso la ciencia se ha convertido en una nueva iglesia.

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La fe que se ciñe a las pruebas de su eficacia, no es digna de ese nombre.

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Creo porque no veo: creo para ver.

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La fe es un estado del espíritu; del mismo modo que un cuerpo puede estar seco o mojado, el alma ha de optar entre vivir en las tinieblas o hacia la luz, cayendo o levitando.

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Vivir en la fe: sentirse ancho por dentro.

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Creyente: ascendente.





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M.J. Vidal Prado: hablando bien de Dios

María José Vidal Prado nació en Ferrol en 1967. Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Santiago de Compostela. Es profesora de Lengua y Literatura española. Ha publicado Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo (Vitruvio, 2015) y Polifonía (Aulaga literaria, 2016), además de poemas y relatos en varias antologías. Colaboró en El Correo Gallego con artículos de crítica literaria. Fue finalista del concurso de relatos de viaje de El País-Aguilar en 2006. Ganó el concurso de relatos de ciencia-ficción del Museo Elder en 2010, y el campeonato de improvisación literaria “Lucha libro” en 2015, en Las Palmas de Gran Canaria, con cuentos que fueron publicados por Baile del Sol. Actualmente vive en Toledo.

“En fin... Si no existe Dios, 
si no existen ángeles y no hay nada detrás de la muerte, 
¿por qué los adoradores de la nada 
no los adoran precisamente a ellos, ya que no existen?”

(V. Holan)
AMOR

Por ti yo fui mejor de lo que era.
Para resucitarte me hice Dios.
Multipliqué los panes y los peces.
Pero yo no era yo.

Por mí fuiste la luz del mediodía.
Fuiste la eternidad.
Detuviste la muerte y la tristeza.
Pero no fue verdad.

Cuando de pronto vimos quiénes éramos
el paraíso se borró.
Caímos cada uno hacia su abismo.
¡Quién sabe de verdad qué sucedió!


CREACIÓN 

Yo fui Dios de algún modo.
Todo me lo inventé, la luz, el mar,
las criaturas esas y también las del Bosco.
Precipitadamente lo hice.
Cinco días, y al sexto,
por no saber qué hacer, nos inventé.
Y quise descansar, pero caí
empujado por ángeles, demonios,
peces, abismos, hombres
que devoraban frutas.
Me caí y no llegué
a ser lo que iba a ser.
Nada, nadie llegó
a ser lo que iba a ser.
Me caí y todavía estoy cayendo.
Porque cuando fui Dios fui mi condena.


UNA LUZ 

A veces llega una luz del otro lado de la calle.
No tiene que ver con lo que tengo,
con lo que soy ni lo que hago.
Ilumina súbitamente
algo que no existía.
Dice la palabra que desconozco.

Entonces sé
que la distancia no era tan inmensa
ni tan corta la vida.
Y doy mi gratitud a la ventana,
de un lado a otro que ya son el mismo.


DIOS Y LOS HIPÓCRITAS 

La gente habla mal de Dios.
Lo relacionan con horarios
impuestos por los hombres,
impuestos.
Pero a mí no me gustan los horarios.
Yo hablo bien de Dios.
Es un lejano amigo muy cercano.
Él me salvó la vida varias veces.
Él me salvó del mar y de los hombres
que no amaban el mar.
Me susurró al oído: no vayas por ahí,
cuando cogí esos trenes que iban al desastre.
Me dijo: no te fíes de los curas,
no te fíes de nadie, sólo de aquel que ame
a tus hijos.
Y cuando perdí todo, tantas veces,
sólo él estuvo allí.
Y me trajo regalos,
los brotes de algún árbol en enero.
Y me enseñó este río.
Y me da cada día
una sonrisa azul,
la sonrisa que nunca
nadie me concedió.





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Daniel Cotta Lobato, Dios a media voz

La resurrección (detalle)
Benvenuto di Giovanni, 1490
Speculum se complace en presentar un anticipo editorial del nuevo libro de Daniel Cotta, Dios a media voz, que ha obtenido el I Premio Albacara de Poesía Mística de Caravaca de la Cruz en su edición de 2019. Cotta nació en Málaga en 1974. Es Licenciado en Filología Hispánica y ejerce como profesor de Lengua en un instituto de la provincia de Córdoba. En 2012 la editorial Funambulista publicó su novela Videojugarse la vida. Entre los años 2016 y 2017 vieron la luz tres libros suyos: Beethoven explicado para sordos (accésit del XXV Certamen de Poesía Rosalía de Castro de Córdoba), Alma inmortalmente enferma (De Torres Editores, Córdoba) y Como si nada (Colección DKV de Poesía, Jerez de la Frontera). En 2017 obtuvo el Premio de Narrativa Infantil y Juvenil Diputación de Córdoba por su novela El duende de los videojuegos y en 2018 publicó Verdugos de la media luna, su primera incursión en las lindes de la novela histórica.


ME HAS TOCADO, SEÑOR, HAS SIDO TÚ.
Lo has hecho con la punta de los dedos.
Andaba entre el gentío y me has parado.
Me cercaban sonrisas y quejidos,
Se me agarraban a los hombros sueños,
proyectos de grandeza.
Sentía manotazos, empujones.
Y de pronto,
¿quién me ha tocado?
¿Quién?
¿Quién me ha rozado
la túnica del alma
que he sentido un poder en mis adentros?
Como si el arco de un violín rindiese la voz de los cañones,
como si el vuelo de una mariposa detuviese un glaciar,
tu mano me ha parado,
me ha querido
en mitad de mi vida,
en mitad de mi muerte.
¿Para qué?
¿Qué milagro, Señor, quieres hacerme?

*

DIOS SE QUITÓ LA ROPA PARA PROBARSE AL HOMBRE,
a ver qué se sentía:
cómo era el hambre, a qué sabía el barro,
qué era la sed, la oscuridad, el día,
qué cosa era nacer, qué era morirse.
Te pusiste esta carne que era mía.
Porque tú no creaste
el cosmos y la vida
para verlos de lejos;
hiciste la creación para vestírtela,
Señor, para ser hombre para siempre.
Y ver cuánto dolía,
y hablarle a Dios de lejos,
sentir que no te oía,
que te podía el miedo,
te ahogaba la saliva.
Supiste qué eran lágrimas
y qué eran las espinas,
y no te conocías a ti mismo,
y preguntabas a tu voz más íntima
por qué nos lo pusiste tan difícil,
por qué tu voluntad y no la mía.
Ahora Dios ya sabe qué es ser hombre;
es una cicatriz que no se quita.




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Felix Trull: aforismos de la Natividad


Navidad: Paraíso en la tierra.

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Navidad todo el año: cristianismo.

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Jesucristo: el único Creador engendrado mortal.

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La luz que desprende el Niño Jesús es la misma que creó Dios el primer día: por eso no se limita a iluminar sino que, además, convierte.

*

La contemplación mística del Portal de Belén es capaz, por sí misma, de cancelar el orden terrenal y transmutar todos los valores temporales, franqueando el acceso a lo eterno. Su observación material lo deja todo como está: triste, caído y mortal.

*

‒¡Contémplate en ese Niño! ¡Recuerda que tú también fuiste bebé! ‒le espeta un ángel a la oreja al pecador, al escéptico, al espíritu senil, ante una infantil figurilla de barro en un belén.

*

Todo recién nacido porta a Jesús inscrito en su cuerpo y a Dios en su corazón. Luego viene la serpiente del lenguaje y Les expulsa. Toca entonces reconquistarlos.

*

Como niños, simplemente, no: para alcanzar el Reino de los Cielos tenéis que ser como el Niño Jesús: puros, serenos y radiantes.

*

Reyes y pastores, ¡todos prostrados! ¿Cómo no iba a reinar quien destronó a los soberanos y despertó la simpatía de los más simples?

*

En el Niño Jesús se aúnan todos los atributos del alma individual, en su estado originario: inocencia, desvalimiento, vulnerabilidad... Por eso, cuando Le contemplamos, nos vemos a nosotros mismos ‒o, cuanto menos, a esa parte que fue hecha "a imagen y semejanza" del Creador.

*

¡Dios mío! Sin Ti, no soy nada. Contigo... también... pero nada redimida, acogida, salvada. (Una nada sin mala conciencia).

*

Las preposiciones las carga el diablo.- Hay que creer "en" Dios (como quien accede a un espacio vastísimo), y no "a" Dios (como quien concede un préstamo con intereses espurios).

*

Hablarle a Dios a un ateo es como mentarle los colores a un daltónico. Aunque pueda llegar a entenderlo, nunca Le verá.

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Quienes creen, y por el mero hecho de creer, se han salvado ahora, se han salvado hoy. Su reino ya es de este mundo.




OTROS TEXTOS




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